¡Presente!

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“Álvaro Manuel Conrado Dávila de quince años” una frase que para la mayoría de las y los nicaragüenses quedaría marcada en nuestros cuerpos y corazones desde hace 5 años. No era claro lo que pasaba, quienes presenciamos el diálogo a través de una pantalla no podíamos creer que una estudiante había arrebatado el micrófono y ante los dictadores exigía justicia por las 65 personas que se habían asesinado hasta entonces. ¿Qué pasó ese día? ¿Cómo se siente ver cara a cara a los responsables de esa tragedia?  Esto fue lo que invitamos a Madelaine que nos contara a través de su testimonio y de su arte. Cinco años después, desde La Digna Rabia, seguimos gritando PRESENTE, PRESENTE, PRESENTE.

Nada nos iba a preparar para aquel día, un día histórico para muchos y personalmente el día que marcaría los últimos 5 años de mi vida.

Era un miércoles 16 de mayo de 2018. Luego de 36 días consecutivos de protestas, más de 65 personas asesinadas y un despliegue de miles de policías y fuerzas de choque en todo el país, llegaba al fin la hora de enfrentarnos a los responsables de todo este dolor y rabia que cargábamos. 

¿Cómo llegamos aquí? Para ese momento, era parte de una de las cinco organizaciones estudiantiles creadas en el contexto sociopolítico. La Iglesia católica había anunciado la propuesta de hacer un Diálogo Nacional para dar salida a la crisis que paralizó el país y dejó tanta violencia.

Los grupos llamados a esta mesa de diálogo de parte de la sociedad civil fueron los movimientos de mujeres, el Movimiento Campesino, así como los sectores empresarial, académico y estudiantil. Todos ellos estarían frente a la delegación del gobierno compuesta por las principales figuras de poder del gabinete de Daniel Ortega y Rosario Murillo. 

De corazón creímos que ese diálogo podría ser una opción, estábamos claros/as que no había nada que negociar, pero sabíamos que esa podría ser una oportunidad para presionar más a la dictadura y revelar ante el mundo lo que estaba pasando en Nicaragua. Sobre todo, contábamos con la esperanza de que Ortega iba a renunciar al poder.

El 16 de mayo, las y los estudiantes nos trasladamos en microbuses hacia el Seminario Nuestra Señora de Fátima en Managua. Algunos llevábamos casi un mes sin estar en nuestras casas con nuestras familias y amigos. En el camino nos encontramos con manifestantes, paramilitares y sobre todo, con un despliegue policial absurdo. 

Entramos al seminario y nos recibieron con un protocolo establecido. Estábamos haciendo fila para recibir indicaciones cuando en ese momento entró Daniel Ortega y un sinnúmero de oficiales cargando armas de alto calibre. Dos helicópteros sobrevolaban el lugar. Recuerdo en ese momento que todos respiramos, algunos conmocionados y otros con miedo al ver el aparato policial tan irracional rodeándonos. 

La tensión y los nervios comenzaban a escalar, era real. Estábamos ahí y ellos, los dictadores, también estaban. Todos en el mismo lugar. Por primera vez en la historia, habían sido obligados a sentarse en un escenario que no podrían controlar y con un guión que no escribieron ellos. Era la primera que no tenían el control.

Si alguien me hubiese dicho que a mis 20 años iba a estar en esa mesa de diálogo no lo hubiese creído. Crecí viendo a este hombre en el poder. Para mi generación era difícil imaginar la democracia, sobre todo cuando nunca la habíamos vivido.
Sin embargo, como suele pasar en la historia, las y los jóvenes estuvimos al frente. La presión estudiantil y las enormes movilizaciones ciudadanas hicieron sentar a un dictador que durante casi 12 años no se había sentado con un grupo de oposición tan diverso, ni mucho menos había dado la cara a medios que no fueran de su control.

Antes de iniciar nos indicaron que teníamos que esperar a que Ortega y su gabinete se sentaran primero en la mesa y luego cada sector podía tomar su lugar. 

Llegamos, tomamos asiento. Pudimos ver por primera vez de frente las caras de quienes eran responsables de tanto dolor y tragedia en el país. Nunca olvidaré la cara de Rosario Murillo y Daniel Ortega, sus miradas cínicas y vacías. 

Los estudiantes llegamos a la sala en una postura de protesta: gritando consignas. Nos sentamos y el diálogo dio inicio con la intervención breve de los obispos. Se anunció la intervención de Ortega y, tal como se acordó el día antes, Lesther de parte del movimiento estudiantil arrebató la palabra. Estábamos claros de que Ortega no merecía la primera palabra ni mucho menos respeto.

En el momento en que Lesther arrebató la palabra, hubo un estremecimiento en todo el salón. Podíamos ver la mirada inerte e inamovible de Ortega y Murillo. No se lo esperaban. Nadie imaginaba que esto podía pasar. Nosotros no teníamos idea de las palabras exactas que Lesther iba a utilizar, pero sí una noción. Esto no dejó de ser muy fuerte para todos y todas. Nos llenó de fuerza para seguir en la sesión.

Luego, vino la intervención de Ortega. Su respuesta y discurso solo aumentaba el asco, rabia y dolor que sentíamos. Negó los asesinatos, defendió el actuar de la policía y paramilitares. Todo en nuestra cara y en frente de la prensa

Ese día no estaba planeado que yo diría algo, pero al escuchar a Ortega negar los asesinatos y pedir listas de ellos, crecía en mí una necesidad de nombrarles. De nombrarles para hacerlos presente, porque no solo eran una lista; eran amigos, familiares, sobrinos, hijos, seres humanos con sueños que fueron arrebatados por una dictadura criminal.

Comencé a decir que teníamos que leerle la lista. Conmigo tenía mi celular, y en ese momento traté de conseguir los nombres de los asesinados verificados hasta el momento. Un grupo de mis compañeros me dijo que la leyera.

Todo fue en cuestión de minutos, sin pensarlo mucho, guiada solamente por un dolor fuerte en la boca de mi estómago. Al ver el dolor y la indignación de mis compañeros que presenciaban las mentiras del dictador, comencé a enunciar uno a uno los nombres de las personas asesinadas. 

Recuerdo que en mi mente solo decía por favor no te quebrés, no llorés, terminás de leer esta lista, hasta el final, no te equivoqués. Salió de mí la voz más fuerte que jamás yo había escuchado, una voz que requería toda la fuerza e impulso de mi cuerpo, a tal punto que alguno de los compañeros me sostenían de la ropa para que no me fuera hacia delante.

El silencio fue sepulcrado y en la sala se sentía una energía que, hasta hoy, no puedo explicar. Las lágrimas cayeron y sentí una conmoción al recordar todo lo vivido hasta el momento.

Luego de otras intervenciones terminó el diálogo, los obispos nos dieron la indicación que por favor no saliéramos de la sala, que no era seguro. Hubo dos helicópteros con policías armados sobrevolando el lugar y 200 oficiales rodeando la zona. Nadie sabía cómo la dictadura iba a actuar después de todo lo ocurrido.

En ese momento, caímos en cuenta de todo lo que había significado ese día para todos. De aquí en adelante, todo fue peor. La situación se agravó y el número de asesinados hasta la fecha es de más de 365.

Han pasado 5 años desde ese primer diálogo nacional. La mayoría de los que participamos estamos en el exilio. Y la dictadura sigue gobernando el país. 

Pero no olvidamos, pero no desistimos y la sed de verdad, justicia y no repetición sigue ahí. Y hoy cuento mi testimonio como un ejercicio de memoria, para que nunca nos olvidemos de hasta dónde hemos llegado y todo lo que somos capaces las y los nicaragüenses. Ese día, aunque la voz salía de mi cuerpo, esa fue y sigue siendo la demanda de todos: JUSTICIA.

Todas las personas asesinadas:
¡Presente! ¡Presente! ¡Presente! ¡Presente!

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